Autores están adoptando nombres ambiguos para vender a mujeres lectoras

Máscara veneciana blanca.En los últimos años hemos asistido al éxito de interesantes novelas de intriga, cuyos protagonistas son mujeres fuertes muy bien construidas. Pero esto, que no es una novedad en sí misma, ha venido acompañado de algo menos común (al menos hasta ahora): las autoras de estos libros son también mujeres. De Perdida (Gone Girl) de Gillian Flynn a La chica del tren, de Paula Hawkins, tenemos un montón de libros que han llamado la atención de un nutrido grupo de lectoras que buscan repetir la experiencia.

Esta repetición del patrón es muy normal en literatura: las lectoras entienden que estas autoras han perfilado muy bien los personajes femeninos y no acaban de sentirse atraídas a novelas del mismo tipo escritas por hombres. Pero resulta, claro, que lograr un buen éxito en este segmento puede suponer una adaptación cinematográfica y ganar mucho dinero, algo que varios autores no quieren dejar de lado.

Así que, al contrario de lo que ha venido siendo habitual desde tiempos de George Eliot o las hermanas Brontë, una nueva tendencia se está imponiendo en escritores masculinos que prefieren que su nombre quede sexualmente ambiguo en la portada para que aquellos que hacen compra de oportunidad, sin interesarse mucho en la biografía de los autores, sepan si se trata de un hombre o una mujer.

Algunos de los ejemplos que están llegando a las tiendas estadounidenses son autores como Riley Sager, S. J. Watson o A. J. Finn. Estos tres autores son en realidad Todd Ritter, Steve Watson y Daniel Mallory. Autores que hace poco habrían estado bien orgullosos de sus novelas de intriga y misterio y que ahora tratan de despistar al lector para aprovechar el éxito que están obteniendo varias escritoras.

Hay que decir que no han creado identidades falsas, con perfiles de mujeres que luego resultan ser hombres, y que una búsqueda rápida en Internet da como resultado quiénes son en realidad. Pero para los compradores que hojean lomos en las librerías, esto les da lo mismo. Si los libros están entre Perdida y La chica del tren, entonces se supone que son del mismo estilo. Y, en el fondo, deberían serlo.

De hecho, están intentando por todos los medios presentar unos personajes femeninos o más creíbles posibles y trabajando mucho su perspectiva. Que lo consigan o no dependerá de su habilidad como escritores y de su empatía, aunque, en el fondo, será difícil que puedan dar la misma fuerza y verosimilitud que consiguen las autoras.

¿Qué os parece? ¿Deberían firmar con sus nombres o esta treta es aceptable? Os esperamos, como siempre, en los comentarios.

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